Recuperar una emoción

Ilusiona que lo lean a uno tan bien. Tan bien como lo hizo Lucía Heredia, editora de Pre-Textos. Reproduzco aquí un fragmento de su intervención en la presentación de Tu sonrisa sin temblar que tuvo lugar el 26 de abril en la librería Ramon Llull de Valencia. (¡Gracias, Lucía!).

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Para mí Tu sonrisa sin temblar ofrece una magnífica disección de esa etapa tan compleja que es la adolescencia, y de todos los elementos que la vertebran: la amistad, la necesidad de descubrir quiénes somos y de mostrarnos ante el mundo, el descubrimiento de los gustos y las pasiones, la rebeldía contra lo establecido, el desprecio por la hipocresía de los adultos, pero al mismo tiempo la necesidad de querer actuar como tales. Un momento vital, y esto se explica muy bien en la novela, donde no pasa nada, pero al mismo tiempo ocurre todo. Una etapa donde uno permanece a la espera de que algo trascendental venga a suceder, algo que lo cambie todo y también donde, con cierta tristeza y perplejidad, se descubre la finitud de las cosas, «de lo que comienza y termina».

Y, por supuesto, el primer amor, ese que no se olvida nunca. Casi siempre más imaginado, más idealizado que real. «¿Entonces yo de quién me enamoré?», se pregunta Michi desde su mirada ya de adulto. «¿En qué medida fue una creación mía…?». Un amor inocente que provoca alegría y tristeza a partes iguales. Que lo mismo nos infunde la fuerza necesaria para hacer cosas hasta entonces impensables como nos hunde en la más profunda de las melancolías. Un amor que nos acompaña el resto de la vida, como una sombra, quizás porque es el único que logra salir indemne del paso del tiempo. «¿Qué pasaría?», se pregunta el protagonista, «¿qué pasaría si volviera a aparecer en mi vida?».

De derecha a izquierda: Lucía Heredia, Colden y Manuel Borrás. (Foto de Daniel Mocher).

Como les decía antes, yo creo que en esta novela hay algo que va mucho más allá que el querer contar una historia. Lo que guía la narración no es la voluntad de dar cuenta de un pasado al estilo de una crónica, hecho a hecho, sino, como declara el propio Michi, la necesidad de recuperar una emoción, única quizás por ser la primera. La escritura se vuelve necesaria porque sólo a través de las palabras ese pasado puede continuar vivo. Así, bajo esta voluntad tenaz, a veces incluso desesperada, de traer a la vida de nuevo lo que se sintió, la memoria se convierte en el otro gran aliado del narrador.

Una memoria que, a la manera de Proust, se activa y desarrolla a través de todo un aparato sensitivo donde los olores, los colores y los ambientes funcionan como catalizadores del recuerdo y que felizmente logran cristalizar en dicha emoción: «Virginia olía a árboles y a canela, a la mermelada de las roscas que compraba en Castilla —la pastelería que había en Isaac Peral— y a senderos de montaña» o «Me llevé a la boca la primera uva del racimo que había cogido en la cocina y sentí que el mundo, con su tristeza, estaba bien hecho». Y es aquí, en todo este despliegue sensitivo, donde cobra especial importancia la música. Esa «máquina del tiempo», el «túnel que conecta con lo de antes» cada vez que el protagonista vuelve a escuchar las canciones que lo marcaron entonces.

Texto: Lucía Heredia.


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