En el origen de mi pasión por la escritura hay dos pulsiones muy imbricadas: una pulsión verbal y una pulsión narrativa.
Lo primero es la fascinación por las palabras, que empecé a experimentar de niño. La fascinación y el amor por el lenguaje, por la lengua. Por mi lengua. Algo así como el deseo de tocar el viejo instrumento del español para ver qué sonidos podría uno sacarle, qué cosas hacerle decir. Y la ilusión de verter un cacillo de agua del propio pozo oscuro en el ancho río de la literatura que se ha ido escribiendo en esta lengua.
Casi indiscernible de ese primer prurito, que es de orden sensorial y cultural, está el prurito de narrar, de ser uno también un poco tusitala, como el maestro Stevenson. ¡Ah, ser el que cuenta las historias junto al fuego, encandilando a quienes anhelan saber qué pasó! Se trata de una complacencia particular en el juego de armar un relato haciendo que todo encaje bien: la trama, la emoción, los personajes, los escenarios. Y las palabras.
En las dos pulsiones de las que hablo hay un componente adictivo. La obsesión está presente en la raíz y en el desarrollo de todo proyecto de escritura. Se embarca uno en un libro para dar forma y salida a ciertas obsesiones, a ideas, imágenes y fantasías rumiadas largo tiempo, y la escritura de ese libro se convierte en otra obsesión con la que tendrá que convivir muchos meses, o varios años.
Escribo para librarme de esas obsesiones y por grafomanía, pero no solo por eso. Escribo para hacerle compañía a quien me lee y para sentirme acompañado (hay quimeras más absurdas…). Escribo para expresar mi perplejidad y para seguir indagando en las cosas que me interesan: el paso del tiempo, las relaciones entre las personas, los pequeños misterios de la vida, la memoria, los sentimientos.
Escribo también con ilusión. Con la ilusión de que en alguna de mis páginas encuentre alguien un grano de belleza, de sentido o de verdad.
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NOTA: Este texto se publicó por primera vez hace unos días en el blog Insurrección del escritor José Luis Ibáñez Salas, a quien agradezco la invitación a colaborar en él.
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Y en momentos complicados me siento acompañada con tus textos. Hoy en especial, justo a tiempo.
Belleza a raudales, todo el sentido y tu verdad, a corazón abierto.
Muchas gracias Víctor, siempre.
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Cómo me alegro, Carmen. Muchas gracias por tu lectura y tu comentario, por tu compañía. Mis mejores deseos. Un abrazo.
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Un abrazo enorme Víctor
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Muchas gracias, Víctor, por tu cálida compañía y por tu contagiosa ilusión. Qué suerte es siempre poder leerte. 💚
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¡Gracias a ti, Beatriz! Un abrazo.
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Qué preciosa entrada, Víctor. La leí en Insurrección y no me canso de leerla. Creo que muchas de las ideas que tan bellamente expresas, son compartidas por los que nos gusta escribir (como a mi), los escritores (como tú) y todos los que apreciamos la literatura. El amor por las palabras, incluso por los sonidos de las palabras y la sinfonía que pueden componer juntas y que culmina cuando están dotadas de significado. El deseo de ser tusilata (muy bonita palabra, deberíamos de adoptarla en nuestra lengua) aunque en mi caso siempre quise ser Sherezade. En cuanto la obsesión supongo que es más de los escritores, y la ilusión, creo que es fundamental cuando se disfruta de un arte.
Te deseo que sigas escribiendo con esos mismos ingredientes, que componen lo que es el amor por la literatura.
Un abrazo muy grande.
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Qué bonito todo esto que dices, Lola. Muy agradecido por tu finísima lectura, amiga Sherezade. ¡Un abrazo grande!
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