Una ofrenda

Le agradezco enormemente a mi amiga la cineasta Arantxa Aguirre su autorización para reproducir aquí las preciosas y muy generosas palabras que pronunció en la presentación en Madrid de mi librito Veinticinco de hace veinticinco. El acto tuvo lugar el pasado 12 de marzo en la Biblioteca Pública Municipal Iván Vargas, con la colaboración de la librería Sin Tarima, y contó también con la presencia del editor, Javier Castro Flórez (Newcastle Ediciones).

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Palabras de Arantxa Aguirre en la presentación de Veinticinco de hace veinticinco

En el Museo de Bellas Artes de Cádiz hay un cuadro de Zurbarán que me emociona mucho. Es un retrato de cuerpo entero pero su tamaño no es muy grande (creo que esa escala tiene que ver con la emoción que provoca, si es que la emoción se puede explicar o desmenuzar). La pintura representa a un mártir inglés del s. XVI, el beato John Houghton.

Este pequeño monje, colocado de perfil y vestido con el hábito blanco de los cartujos, tiene la mano derecha adelantada y en ella sostiene en alto su propio corazón.

Salvando las distancias, eso es lo que de alguna manera hace también Víctor Colden cuando pone a nuestra disposición este libro y por eso me impresionó mucho leerlo. Le contaba a su autor que lo recibí hace poco mientras estaba trabajando. Cuando llegó la hora de comer, lo fui a guardar en el bolso y antes, de pie, con el abrigo puesto, lo abrí al azar para echar un vistazo. «Capítulo 11: Hace veinticinco años yo escuchaba los viernes una emisora de radio pirata…». La prosa transparente, bien construida, invitaba a seguir leyendo pero, sobre todo, por encima de la trabajada sencillez, lo que percibí al instante fueron esos latidos que ya había escuchado antes en el cuadro de Zurbarán. De nuevo el corazón en la mano. Y eso no es tan fácil de encontrar en un libro. Cuántas veces un escritor se viste o incluso se disfraza con su prosa y, por supuesto, nos fascina y queremos leerlo y admirarlo… pero aquí había otra cosa.

En primer lugar, un esfuerzo enorme de introspección (y eso requiere valor: la primera persona y la introspección no se hicieron para los cobardes. Ya se lo decía Hamlet a Ofelia: «Yo, que soy medianamente bueno, podría acusarme de tales cosas que más valdría que mi madre no me hubiera traído al mundo»).

Después, un trabajo -enorme también- para depurar y cincelar cada frase, cada palabra. Sé muy bien lo que cuesta conseguir que nada sobre.

Por último, y esto es lo más importante, aquí había una ofrenda. Pero, ¿qué es lo que ofrece Colden? Como en toda ofrenda que merezca la pena, lo que entrega es a sí mismo. Sus miedos, sus ausencias, sus dudas, su asombro, sus canciones, sus amigos, sus lecturas… Todo lo que nos conforma y nos hace ser quienes somos estaba ahí contenido en esas breves páginas en las que nada sobraba. ¿Puede un libro descifrar los enigmas de un autor? De pronto, Víctor menciona un verso de Borges que memorizaba por entonces, «el ordenado paraíso…» (una imagen que nos remite a Dante), y entendemos quizá por qué en su primera novela hablaba de inventarios refiriéndose al paraíso.

También, la letanía, la cualidad musical que tiene este libro con esos ritornelos con los que empieza cada capítulo-estrofa («hace veinticinco años…», «hace veinticinco años…»), hicieron que no pudiera yo interrumpir esas páginas hasta el punto de que así, con el abrigo puesto, seguí embebida leyendo los breves y sustanciosos capítulos desde el 11 al 25 y, a continuación, empecé desde el 1 hasta el 11, como cuando de pequeña iba a un cine de sesión continua, entraba en medio de la película, la terminaba y luego veía el principio hasta donde había llegado. Esos sí que eran y son comienzos «in media res».

Tal experiencia intensa de lectura tiene que ver con la condensación propia de este artefacto —una especie de Bovril dentro de la oferta editorial— y, por supuesto, con algo más. Para describirlo, le pido ayuda a Adorno: «El espíritu de las obras de arte no es ni lo que significan ni lo que pretenden sino su contenido de verdad. Se puede describir como lo que en ellas se abre como verdad»..

Verdad, belleza, amor. Si hacemos caso a los clásicos, son conceptos cercanos o incluso el mismo concepto. El autor revela en su nota final que ha escrito este libro «por amor». El gran motor. «El amor, que mueve el sol y las otras estrellas», escribe Dante en el último verso de su Paraíso (otra vez el paraíso). Contradiciendo a uno de los entrañables personajes de este libro cuando sostiene —con el descaro de los veinte años— que una página «mal traducida» de Proust vale más que toda la obra de Lope de Vega, le recuerdo a ese jovenzuelo que no fue Proust con sus frases inteligentes y larguísimas sino nuestro Lope quien en cinco palabras encontró la forma de definir el amor: «quien lo probó, lo sabe».

Mucho amor hay en Veinticinco de hace veinticinco, mucha belleza y mucha verdad, tanto que no caben en setenta y tres páginas y, aunque me consta que Colden está ahora escribiendo otra novela, me permito pedirle al autor una secuela: Veinticinco dentro de veinticinco, donde, abandonando su natural memorialista, que ahí ya ha demostrado sobrada competencia, se atreva con el futuro y nos cuente su relación con los hijos de sus hijos o qué libros ¡por fin! habrá leído o los sueños o pesadillas que por entonces tendrá.

Mientras tanto, hacedme caso, haceos con este librito, leedlo, disfrutadlo y regaladlo también a otras personas como quien regala flores o un vino largo tiempo madurado.

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Aranxa Aguirre, nacida en Madrid, es Doctora en Literatura Española y ha publicado los libros Buñuel, lector de Galdós (Premio Pérez Galdós 2003) y 34 actores hablan de su oficio (ed. Cátedra, 2008), secuela de su documental Hécuba, un sueño de pasión, nominado al Goya en 2007. Ha trabajado como ayudante de dirección de Mario Camus, Basilio M. Patino, Almodóvar y Carlos Saura, entre otros. Entre sus películas documentales destacan las premiadas El esfuerzo y el ánimo (2010), American swan in Paris (2011) y Dancing Beethoven (2016) —esta última también nominada a los Premios Goya, Forqué y Platino—, que han sido estrenadas comercialmente en Francia, Alemania, Suiza, Japón y España. En 2020 fue elegida académica de número por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Su último trabajo, Zurbarán y sus doce hijos, se estrenó el pasado mes de octubre en la SEMINCI de Valladolid.

Nota: La primera fotografía del acto de presentación es del escritor Ernesto Ortega Garrido (no se pierdan sus microrrelatos), y la segunda, de Beatriz Álvarez García Soto, cuya preciosa Tiny Letter recomiendo. La foto de Veinticinco de hace veinticinco es de Sofía Colodrón. Muchas gracias a los tres.

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