Fantasías

Una vez vi a Dios.

No demasiado cerca, pero tampoco muy lejos.

Sucedió una cálida noche de noviembre de 1998, en Cartagena, la de Indias.

Cenaba yo en un restaurante al aire libre, sobre la muralla, con varias compañeras de trabajo, cuando una de ellas señaló discretamente la mesa que teníamos a unos pocos metros. En el grupo que la ocupaba, de seis o siete personas, ¿no era ese…? ¡Sí, debía de ser él! ¿O tal vez no lo era? Apenas había iluminación en la amplia terraza, no podía uno estar seguro.

Gabriel García Márquez

Hasta que alguien en nuestra mesa lo confirmó.

¡Era Dios, Dios en persona!

Era… Gabriel García Márquez.

Nada más natural

Nada más natural, creo yo, que desear conocer a los escritores a los que admiramos: a aquellos con quienes más en sintonía nos hemos sentido, con cuyos libros más hemos aprendido y disfrutado, los que más cosas nos han dicho del mundo y de nosotros mismos. Natural, por lo menos, para las almas eternamente adolescentes, con tendencia irrefrenable a fantasías e ilusiones.

Son muchos quienes lo desaconsejan, no obstante. Yo mismo lo he hecho a menudo: la decepción puede ser muy dolorosa.

Sin embargo, me alegro de haber conocido —la mayoría de las veces por trabajo— a muchos de mis escritores favoritos.

Xuan Bello. (Foto de Susana Muns).

Qué ilusión me hizo hablar con mi admirado Felipe Benítez Reyes hace muchos años, y hasta moderar una mesa redonda, en Sanlúcar de Barrameda, a la que él estaba invitado como ponente. También me impresionó muchísimo, el verano pasado, charlar un buen rato con Xuan Bello, tomando unos vinos en Caces.

Recuerdo las conversaciones con Luis Antonio de Villena, a mediados de los ochenta. «A vosotros lo que os pasa es que queréis enamoraros», nos decía a mis amigos y a mí. (Tenía razón).

Me encantó conocer, mucho tiempo después, a Andrés Trapiello: volamos juntos desde Guadalajara a Ciudad de México, y luego él narró nuestro encuentro en un tomo de sus diarios, el titulado La cosa en sí.

Me considero muy afortunado por contar con la amistad de dos de mis poetas preferidos, José Mateos y Álvaro García; por haber podido disfrutar de inolvidables conversaciones con José María Merino, Belén Gopegui y Luis Alberto de Cuenca; y por haber tratado a Espido Freire, a Soledad Puértolas y a Carmen Posadas, entre otros escritores.

Carmen Martín Gaite

Puede que algún día cuente por escrito la historia de cómo conocí a Alfredo Bryce Echenique, y el episodio que le vi protagonizar. Sí he narrado ya, en uno de los textos de Gazeta de la melancolía, mi fugacísimo encuentro —tan emocionante para mí— con Carmen Martín Gaite.

Dejar a Dios en paz

Fantasías a un lado, y aunque mi experiencia haya sido, en general, positiva, sigo creyendo que es mejor no conocer a los escritores que nos gustan.

Pero si nos empeñamos, y lo conseguimos, lo más recomendable es intentar controlar nuestras expectativas y deslindar la obra que tanto admiramos de la persona que la creó, de sus palabras y sus acciones: debemos evitar a toda costa que estas puedan contaminar la buena impresión que nos causó aquella.

La noche de noviembre de 1998 en que vi a Dios en Cartagena de Indias…, sonreí nervioso, el corazón me retumbó en el pecho, sentí que era inevitable dudar. ¿No me atrevería a levantarme y dar los pocos pasos que nos separaban para ir a postrarme ante él? ¿No acudiría a expresarle mi admiración y mi gratitud, aunque fuera con voz temblona, y tartamudeando?

Una persona de mi grupo lo desaconsejó: no debíamos molestarle.

Quizá fuera mejor así. Guardo en la memoria aquella imagen, y mi emoción, como un tesoro.

2 comentarios en “Fantasías”

  1. Tuve la oportunidad de conocer a Mario Vargas Llosa hace muchos, muchos años. Nos había concedido una entrevista a una pequeña revista de literatura que editábamos los empleados de la empresa en la que trabajaba. Y no quise. Me dio miedo que conocerle estropeara mi admiración, que incluso me llevará a leer sus libros -que tanto me gustaban por aquel entonces- de otra manera. Y nunca me he arrepentido, la verdad. Creo, como tú, que es mejor separar el autor de la persona. Aunque probablemente la mayoría serán personas interesantísimas con las que una charla será una delicia, pero por si acaso…

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