Irene

«Me gusta todo lo de Egipto», solía decir cuando tenía cinco años. «Pero las momias me dan miedo». Una mañana de sábado la llevé a visitar el Museo Arqueológico. Sus padres aprovecharían para ir de compras.

En una mano llevaba una libreta pequeña y en la otra un bolígrafo. Nada más entrar en la sección egipcia corrió hacia la primera vitrina, apoyó en ella el bloc y se puso a copiar muy concentrada la pieza allí expuesta, no recuerdo si un medallón, un cántaro o qué otra cosa.

Yo no daba crédito, entre divertido y admirado.

Recorrimos así toda la sala, pero enseguida se cansó de copiar: aún recuerdo el dolor de lumbares de tanto inclinarme para, obedeciendo sus órdenes, dibujar en la libreta collares, escarabajos, lámparas, estatuillas…

(Ante los ataúdes y las momias pasó muy rápido, con un escalofrío, echando apenas un vistazo).

¿Filóloga?

Hablo de Irene.

De mi sobrina Irene, que es mi sobrina favorita.

(Bueno, mi sobrina favorita junto con Julia, Carmen, Rocío y Belén). (Por lo que respecta a los sobrinos, mi favorito es Jorge).

Irene, que hoy cumple once años —¡felicidades!—, cuando era pequeña decía que quería ser veterinaria. Luego, que quería ser peluquera. Más tarde, no hace mucho, que abogada…

Ahora no sabe lo que quiere ser, así que yo he vuelto a albergar las esperanzas que ya había perdido de que acabe estudiando Filología. ¡Una sobrina filóloga! Nada me haría más ilusión.

Aunque también podría ser ilustradora, cineasta, música, actriz, escritora… A los siete años dibujaba unos cómics que dejaban admirados a quienes los leían. A los nueve escribió una novela de ciento y pico páginas que nunca me ha dejado leer. (¡Ni siquiera quiere decirme el título!). Últimamente filma cortos con el móvil de su padre o de su madre.

Irene, de mayor, será lo que quiera ser, lo que se proponga. Será una cosa o muchas cosas; haga lo que haga, lo hará todo bien; y gracias a ella —estoy seguro— el mundo será un poco mejor.

Dos misterios

Yo quería ser su padrino —tenía que haberlo sido—, pero no fue posible y eso me impide ahora llamar a Irene mi ahijada.

Da igual, porque Irene sabe que es mi sobrina preferida (además de Belén, Rocío, Carmen y Julia), y todas las Navidades vemos juntos ella y yo La gran familia, y nos lo pasamos muy bien, y su favorita es Carlota, la hacendosa, y mi favorito es Críspulo, el petardista, y cuando sale el padrino —José Luis López Vázquez—, me identifico con él, aunque los pasteles a los que yo invito no dan luego dolor de tripa.

A pesar de todo esto, debo confesar que hay dos cosas de Irene que no entiendo, dos misterios bastante misteriosos.

El primero: ¿cómo es posible que, cada vez que volvemos a vernos, lleve ella siempre en la diadema del pelo un billete de veinte euros y no se haya dado cuenta?

Y el segundo: ¿por qué se está siempre tan a gusto con ella, por qué es siempre tan agradable y tan divertido charlar o hacer cualquier otra cosa en su compañía?

Un gran corazón

Me pregunto ahora si Irene podría, de mayor, ser bibliotecaria, o historiadora, o archivera, o… No sé, algo así.

Lo digo porque a los pocos meses de nuestra visita al Arqueológico, hace ya seis años, fuimos juntos al Museo de América. Recuerdo que en una de las mesas-vitrina había varias monedas de la época colonial, entre ellas dos reales de a ocho de plata. Una de esas dos monedas se veía lustrosa, brillante, parecía nueva, mientras que la otra —gastada y oscura— sí tenía todo el aspecto de ser una moneda del siglo XVII o XVIII.

—¿Cuál de las dos te gusta más? —se me ocurrió preguntarle a Irene.
—Esta —respondió sin dudar, señalando el real de a ocho desgastado y sucio.
—¿Por qué?
—Porque a mí todo lo antiguo me interesa.

Cuando vea luego a Irene, en su fiesta de cumpleaños, tengo que preguntarle si le sigue interesando todo lo antiguo, como cuando era pequeña, y hablarle de la Filología, y explicarle que se dedica a estudiar las palabras y los libros viejos…

Lo que no voy a hacer es preguntarle por esos dos misterios de los que he hablado más arriba. Estoy seguro de que en su diadema volveré a encontrar un billete. Y en cuanto al segundo misterio…, no hay tal misterio en realidad: Irene, además de sensible, curiosa, trabajadora, inteligente, creativa y bienhumorada, es algo mejor que eso, mucho mejor, lo mejor de todo: una niña buena, de gran corazón, que hace siempre felices a quienes están a su lado.

Por eso da igual lo que sea de mayor, porque lo más importante ya lo tiene.

2 comentarios en “Irene”

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