Galerías

Hoy, Día del Padre, reproduzco aquí un fragmento de Veinticinco de hace veinticinco en el que hablo del mío, que se fue hace ya mucho tiempo.

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Hace veinticinco años mi padre tocaba la flauta travesera. Tenía una profesora que le daba clases una vez por semana, y muchas tardes se encerraba a ensayar en el cuartito de la plancha. Algunas de las melodías de piezas de Telemann o Bach que repetía incansable se me han quedado grabadas para siempre. Antes de la flauta había tocado, durante años, el clarinete, no sé si por influencia de Woody Allen, y de aquella época viene mi afición por el concierto y el quinteto de Mozart para ese instrumento. Pero las flautas siempre habían estado presentes, y mi padre había ido reuniendo una pequeña colección de quenas, sicus, flautas japonesas y africanas.

Yo había leído en Cirlot que el sentido profundo de la flauta está relacionado con el «dolor erótico y funerario», y que su complejidad se debe a que en ella conviven un posible significado fálico por su forma y la «expresión femenina interna (ánima)» que le confiere su timbre. Además, soplar, según mi diccionario de símbolos, era para los primitivos «un acto creador, que infunde o despierta la vida, aumenta la fuerza de algo o cambia su rumbo».

Tocar la flauta, transitar sin descanso por aquellas enrevesadas partituras barrocas, fue una de las formas —creadora, insufladora de vida y belleza— que eligió mi padre para recorrer las últimas galerías de su laberinto.

De Veinticinco de hace veinticinco (Newcastle Ediciones, 2021).

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