Diálogo en el Retiro

Para Yolanda Raña,  por su «mirada de asombro», con mi agradecimiento.

 

I

Alauda se desperezó al sol de la mañana y las hojas muertas que adornaban su larga melena castaña cayeron al suelo. La belleza de Alauda no había menguado. Cerró los ojos y respiró a gusto el aire fresco de la vida.
         El parque del Retiro estaba vacío a esa hora. Alauda lo observó todo maravillada. Las carpas lentas e insomnes bajo las aguas verdes del estanque. El Palacio de Cristal, como un recortable de cartulina. La estatua del ángel caído cuando lo fulmina el rayo de Dios.
         Bailó entre los setos mal podados, se asomó al Florida Park, exploró todos los caminos. Entre los tulipanes anduvo persiguiéndola un pavo real. Alauda pasó los dedos por las varillas cenicientas y desplumadas de su cola sin poder evitar una sensación de dentera. «Con las plumas habrá perdido también la facultad de dar mala suerte», supuso, mientras salía al Paseo de Coches. Allí un vigilante ahuyentó al pavo real. La doncella oyó sus gritos agoreros, pero no les hizo caso.
         Y empezó a llegar la gente.
         «¡Qué golazo metió ayer Rubio!, ¿lo viste, Juan?».
         «Dámelo, imbécil, dámelo».
         «Poi possiamo andare al quartiere di Conde Duque, lo vedrai che ci si trovano delle piazzette bellissime».
         «O sea, un marrón, ¿no? Si no llega tu viejo, no se arma, claro. Es que tú tienes muy mala potra, colega, eres un pringao».
         La vida aturdía a Alauda. Ya no recordaba los tres lirios, las siete estrellas, la melancolía ni el silencio que había dejado en su cuadro. Y cuando llegó a la rosaleda, se sintió feliz.

 

II

Entregada a la vida, Alauda no se percató de la llegada del cantante. El cantante, un hombre moreno, de mirada intensa y sueños incorruptibles, se detuvo ante ella y le preguntó:
         —¿Acabas de volver?
         —No he vuelto, porque yo nunca había estado antes aquí. Pero es lo único que recuerdo. Y que me llamo Alauda. ¿Cómo te llamas tú?
         —Mi nombre es un nombre cualquiera —se apresuró a responder el cantante, que prefería hablar de otras cosas. Pero notó la decepción de ella y añadió—: Disculpa, he sido muy brusco. Quería contarte que yo sí he vuelto hoy, y lo he hecho de mala gana.
         —¿Por qué? La vida parece un juego muy entretenido. Yo he bailado en la hierba, me he reído con los niños, he acariciado a los caballos y he mirado el cielo azul entre las ramas de los árboles. ¿No te gustan esas cosas?
         —Me gustan, pero también me traen recuerdos. Mi madre murió hace siete años, mi padre hace muchos más. Yo no puedo jugar sabiendo que mi madre ya no piensa en mí. Lo único que puedo hacer es pensar yo en ella, olvidar, imaginar…
         —Pero a mí no me estás imaginando.
        El cantante la miró.
         —Te imaginaba y te llamaba. Estaba muerto y quería vivir contigo. Creo que te amaba, y lo extraordinario es que ahora estás aquí.
        —Es curioso, tú no haces más que recordar o intentar olvidar, y yo simplemente no me acuerdo de nada. ¿Tú sabes algo de mí, de dónde vengo?
         —No estoy seguro, pero debía de ser un sitio muy bello. El más bello. Y tú… —el cantante dudó—, tú eras perfecta.
         Alauda se rio con un tintineo.
         —¿En tu madre piensas mucho?
         —Siempre. Hace dos noches estuve hablando con ella. Sabía que me esperaba cerca de su losa de mármol. Me senté allí y estuve cantando un rato en voz baja. Cuando llegó, me dijo con mucha dulzura: «Vuelve al mundo». Le respondí que no podría resistirlo todo solo.
         —¿Resistir qué?
         —Las mentiras viles o estúpidas, la suciedad y la estrechez. Yo llevaba ya cinco días en el paraíso contigo, con Aiol de Lusignan y el hada Melusina, con el príncipe Charlie, con Ziryab el «Pájaro Negro», con Gerineldo, Opium y Morella. Había conseguido apartarme de todo lo que estaba roto u olía mal, y ningún recuerdo me apremiaba en la memoria. Hasta que estallaron los cristales de mis ventanas y tuve que asomarme al cielo gris y a los ruidos de la calle.
         —Fue entonces cuando acudiste a tu madre —completó la historia Alauda— y te convenció para que regresaras al mundo.
         —Me dijo que estaría conmigo, que me arroparía con su chal, que no debía preocuparme. Ojalá esa noche no se hubiera acabado nunca, no se hubiera ido con la dulzura y el silencio de la oscuridad. Pero ella me dijo: «Vuelve, vuelve al mundo». Y ahora…, ahora sé que tú nunca vas a traicionarme.
         —No, pero tampoco estaré siempre contigo. Tendrás que buscarme y llamarme…
         —Pero ¿dónde, y cómo…?
        Entre titubeos, Alauda empezó a contar una historia.
         —En el país azul había muerto la doncella bienaventurada. Siete estrellas de plata le refrescaban la frente y… tres lirios más tersos que los de la tierra adornaban su pureza. Pero ella sufría, porque en la vida había quedado su amante.
        Alauda cerraba los ojos, fruncía el ceño, se pasaba la mano por la frente y la mejilla. Miró a su alrededor buscando un punto de apoyo para continuar su relato. La visión de las rosas pareció aliviarla.
         —Había en el cielo un jardín lleno de las fragantes rosas de la muerte. No eran como estas, ajadas y cubiertas de polvo. Las rosas de la muerte brillaban. Y cuando la doncella se dejaba ganar por su perfume como de adormideras, tenía sueños. Soñaba con su amigo, soñaba que estaban allí juntos los dos, entre las rosas opiáceas. Que se besaban y se mojaban los cabellos en el arroyo y se abrazaban. Pero al despertar…, sí, ahora recuerdo que cuando me despertaba tenía siempre los ojos llenos de lágrimas, y a través de ellas volvía a verlo a él, allá abajo: tendido, rezaba con las manos juntas. Y me acuerdo de que también yo rezaba, y después repetía una frase: «¿Acaso dos plegarias tan bien acompasadas no poseen una fuerza perfecta?». Porque queríamos reunirnos, daba igual dónde, en el país azul o en el cielo oscuro.
         Se fugaban las aves de la tarde hacia las tinieblas. Las heroínas prerrafaelistas son como vendavales fuera de sus cuadros. Alauda se fue.
         —Cuando me haya ido, seré tuya —le había dicho al cantante.

 

III

Por el cielo anaranjado ascienden, a lo lejos, dos, tres columnas de humo. El cantante camina apurando los residuos de la tarde, proyectando un paisaje secreto para la mejor soledad, o para no estar solo. «Cuando me haya ido, seré tuya… Tuya para una canción».

 

[NOTA: Escribí este relato en 1987, hace treinta y cinco años (tenía yo veinte). Estaba inédito desde entonces. Me inspiré en un poema y un cuadro del pintor prerrafaelista Dante Gabriel Rossetti, «The Blessed Damozel», al que pertenecen los detalles con que ahora lo he ilustrado, y en una canción de Leonard Cohen, «Night Comes On», cuya letra mi texto parafrasea por momentos: «When I’m gone I’ll be yours, yours for a song»].

2 comentarios en “Diálogo en el Retiro”

    1. Muchísimas gracias por tu lectura y por tu comentario, Beatriz. Me encanta lo que me dices, el que te haya recordado a uno de esos cuentos orientales. Y me siento muy honrado de contar con tu atención y tu apoyo, mucho. Un fuerte abrazo.

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