Algunos libros (III)

Retomo la lista de algunos de «los libros de mi vida» que empecé el año pasado con dos entregas (aquí está la primera y aquí la segunda). No son necesariamente los libros más conocidos de sus autores, pero sí libros que me gustaron de manera especial, que me emocionaron, me divirtieron, me hicieron una magnífica compañía o me enseñaron muchas cosas del mundo… y de mí mismo. En esta tercera entrega he incluido títulos de Carmen Martín Gaite, Alfredo Bryce Echenique, Corpus Barga, Anaïs Nin y Felipe Benítez Reyes.

*

El cuento de nunca acabar: apuntes sobre la narración, el amor y la mentira, de Carmen Martín Gaite
Siruela.
Nunca le agradeceré lo suficiente lo muchísimo que aprendí con este precioso ensayo. Hay en él mucha sabiduría sobre la vida y el amor, sobre el placer del juego y la conversación, sobre el arte de contar historias y todo lo que es preciso para emprender con éxito un viaje amoroso o narrativo —tiempo, trabajo, ilusión, imaginación…— sin que la nave se hunda al estrellarse con alguno de los muchos escollos que acechan en la ruta. Compré mi ejemplar de la primera edición, la de la mítica Trieste de Andrés Trapiello y Valentín Zapatero, una tarde de junio de 1983, a los pocos meses de haberse publicado. Fue en la Feria del Libro de Madrid, tenía yo dieciséis años. Casi cuarenta más tarde sigo releyéndolo con enorme placer, maravillado por la escritura expresiva y elegante de la autora y por la amenísima forma con que trenza, por una parte, las ideas que dan cuerpo al ensayo, y por otra, la historia de cómo surgió y cómo lo escribió. Le rendí homenaje a este libro en Gazeta de la melancolía (aquí hay un extracto) y en este breve vídeo. «Mientras dure la vida, sigamos con el cuento».

La amigdalitis de Tarzán, de Alfredo Bryce Echenique
Hay, o hubo, ediciones en Alfaguara y Suma de Letras. No sé si está descatalogada, pero se encuentran ejemplares nuevos y de segunda mano en unas cuantas librerías. Y siempre están las bibliotecas, claro.
A quienes en algún momento hemos disfrutado enormemente escribiendo y recibiendo cartas, no es raro que nos gusten tanto las novelas epistolares. Esta de Alfredo Bryce Echenique es deliciosa. Con ágil ritmo narrativo, y un título genial, cuenta la historia del amor de toda una vida —un amor a distancia— entre un peruano y una salvadoreña. En las cartas que se envían hay nostalgia, ternura, resignación, humor, melancolía, un recorrido emocionante por veinticinco años de encuentros y desencuentros. Una «novela sentimental», un «bolero narrativo», dijo de ella Joaquín Marco en la reseña que publicó en El Cultural. A mí me encantó.

Los pasos contados, de Corpus Barga
La edición que yo tengo es de Bruguera. Más reciente, hay una coedición de Visor y la Comunidad de Madrid, no sé si de los cuatro tomos. En Iberlibro se encuentran ejemplares de estas y otras ediciones.
La autobiografía más o menos novelada del periodista y escritor Andrés Rafael Cayetano Corpus García de la Barga y Gómez de la Serna (que tuvo la feliz idea de adoptar como seudónimo el sin duda más mnemotécnico de Corpus Barga) es una de las cumbres del memorialismo en lengua española. Hace muchos años que leí los cuatro libros que componen la obra —cuyo subtítulo es Una vida española a caballo en dos siglos—, pero aún recuerdo la profunda impresión que me causaron la elegancia y la riqueza de su prosa, y su capacidad para hacernos ver el Madrid de finales del XIX y principios del XX. Entre sus atractivos, el retrato de los cafés y las tertulias literarias de la época. Muy recomendable.


Delta de Venus
, de Anaïs Nin
Alianza Editorial, traducción de Víctor Vega.
Placer y aprendizaje. Descubrimientos y calor. Mundos que se van abriendo, al tiempo que otros empiezan a cerrarse. Sencillez y exquisitez. Delicadeza, fuerza, sugerencia… Estas son algunas de las cosas que encontré en Delta de Venus cuando lo leí, siendo adolescente. Anaïs Nin escribió en los años 40 los relatos eróticos de la colección por encargo de un lector que les había pedido a ella y a otros escritores que —a dólar la página— dejaran a un lado todo tipo de lirismo y le dieran escenas lo más explícitas posible. Ella cumplió el encargo sin traicionar su gusto por la belleza y el arte, por el análisis de las relaciones y los sentimientos, y dando una visión muy clara del deseo sexual femenino con un lenguaje vibrante. (Sí, por supuesto: lo releí unas cuantas veces, aquellos años…).

Los vanos mundos, de Felipe Benítez Reyes
Diputación Provincial de Granada (Colección Maillot Amarillo), 1985. Incluido después en la recopilación de su poesía hasta el 2002, Trama de niebla (Tusquets, 2003), y en la que llegó hasta el 2008: Libros de poemas (Visor, 2009).
Ahora que acaba de aparecer un nuevo libro de poemas de Felipe Benítez Reyes (el magnífico Un mentido color), incluyo en mi lista de favoritos de siempre el que publicó en 1985, Los vanos mundos. ¡Cuántas veces lo habré leído desde entonces! Y siempre vuelvo a encontrar un magnetismo único en la dicción precisa y contenida de la voz que en esos versos habla acerca de la juventud, el deseo, la niebla, el tiempo y la memoria, la intensidad («hay noches que debieran ser la vida») o la propia poesía. Me aprendí de memoria varios de esos poemas, como el titulado «Elogio de la naturaleza» («Me gustan los jardines espesos como bosques / y adoro las sombrías, las densas alamedas…») y el justamente célebre «Advertencia» («Si alguna vez sufres —y lo harás— / por alguien que te amó y que te abandona…»). Un libro imprescindible.

 

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